Marketing, el marketing que atrapa hasta al lector más esquivo. Así se suele relacionar las creaciones que utilizan sucesos todavía cuestionables. Hay que apegarse a las reglamentaciones, dimes, diretes, y aceptar que el libro de Brown ocupa varios recursos que atraen la mirada de los lectores por el simple hecho de que abarca un tema que causa dudas, curiosidad, ganas de mirar de reojo al tiempo que se dice “algo debe tener esto para atraer a tanto público”. Puede ser falso que el Opus Dei oculte información ligada con la vida de uno de los personajes que, religioso, ateo, agnóstico, lo que fuere quien escuche el nombre de Jesucristo, marca la pauta después de su aparición en la Tierra. Es aquí donde aparece el arrojo del autor: poner en el ambiente el debate de cuán humano puede llegar a ser alguien que al mismo tiempo es divino; hurgar en lo que nadie quiere meterse. ¿Para qué?, ¿por qué?, ¿quién es este señor, que, al parecer, se agarra de las creencias de un pintor para posicionar una verdad?; otro punto más que causa urticaria en el libro y en el filme, el establecimiento de lo que es real, de lo que es ficticio. Quienes están involucrados en la búsqueda de una de las leyendas más conocidas para el mundo del Cristianismo, El Santo Grial, demuestran los puntos de vista que aparecen durante una parte de la historia, y los que se dejan ver en otra. ¿Es la Iglesia una entidad manipulada por el error cometido por el Hijo del Hombre?; ¿están conscientes los protagonistas de que, aunque sea por algunos minutos, el peso de la historia se deja sentir en sus mentes, manos?; ¿los símbolos que se suceden unos con otros aparecen por efecto de planes superiores o sólo es parte de la imaginación de un grupo de personas? Nadie se atreve a estar de un favor o de otro hasta que ve lo que sucede en el siguiente capítulo, en la siguiente secuencia cinematográfica.
Es cierto que el libro, en varias secciones, alarga demasiado las conversaciones, ahonda en temas ya citados, y sólo toma el ritmo del principio al final de la narración, lo que deja un vacío en la trama, lo más interesante para muchos autores; de todas formas, el conjunto, reunir trozos reales de la humanidad con supuestos, algo que también aparece cuestionado en otras obras que cuentan la vida de Cristo a partir de escritos considerados difamadores (“El Caballo de Troya”, de J. J. Benítez, por ejemplo), supera esa valla, y se posiciona.
La película, por su parte, con actuaciones bastante elaboradas, sobre todo de un ya maduro Tom Hanks (Robert Langdom); cuadros que equilibran la fotografía, los primeros planos y la velocidad de las acciones; y un gran guión adaptado; aplaca gran parte de lo que el papel deja al olvido, tal cual todo filme; es decir, la acción, la sensación de estar ante una investigación que nos involucra, que pone en claro que el suspenso mezclado de ficción todavía tiene sus méritos. Brown, quien asesoró en gran medida a Howard (
Una Mente Brillante), expresa que está en cada uno creer lo que se refleja en cada parte del texto ahora llevado al celuloide. Lo que causa reflexión es pensar que, más allá del tema religioso, tal vez al frente de nuestros ojos, lo que se nos viene diciendo, expresando desde siempre puede ser una conflagración, un arquetipo, una construcción ficticia; o algo que nosotros sabemos que es falso, y que, simplemente, nos negamos a reconocer, porque sabemos que tampoco conviene aceptarlo. Nuestro propio Código Da Vinci.
¿Sólo es marketing?; ¿es más que eso? La sección de comentarios está disponible para que discutamos estas preguntas.
Calificación: 5,9.